Hiyab lo de decía yo
>> sábado 1 de mayo de 2010
El caso de Najwa aparece como centro de cualquier tertulia radiofónica o televisiva. Comentarios dispares a cerca del caso se suceden a lo largo de la jornada, algunos, todo hay que decirlo, carentes de sentido común y contaminados de la más absoluta demagogia.
Parece ser que en todo este caso lo menos importante es la niña que ahora, a mitad de curso, cuando ya había conseguido integrarse en el Camilo José Cela, se le obliga a cambiar de centro porque tanto ella como su familia se niegan a someterse a la norma anti-velo que se ha sacado de la manga el centro citado. Frente a esto, unos dicen que si el velo impide la integración de Najwa, otros que si los profesores no le pueden ver la cara… una retahíla de soplatonterías que caen por su propio peso. Ninguno de estos argumentos me convence. Primero porque Najwa estaba completamente unida a sus compañeros. Tanto es así, que cuando el centro decidió expulsarla, sus compañeras, en solidaridad, acudieron al día siguiente con el velo sobre sus cabezas. Por otra parte, la teoría, absurda, de que a las niñas con velo los profesores no vislumbran sus rostros… Señores míos, quizás el problema no esté en el velo sino en la graduación de su vista. Najwa lleva un velo que tan solo le cubre el pelo, única y exclusivamente. Es decir, que si lo que quería el centro es marcarse un tanto xenófobo, han colado un gol por toda la escuadra. Tan solo habría un argumento que me habría valido, medianamente, y es que esto de prohibir el hiyab se hubiese hecho porque es una prenda que veja a la mujer, que le prohíbe ir descubierta para no convertirse en objeto de deseo para los hombres. Ese es el único motivo por el que debería prohibirse el velo. Nada de lo anterior tiene sentido en este tema.
El hiyab es un elemento religioso. Como el que llevan las monjas para nuestra religión pero en nuestro caso de una forma menos estricta y absurda. La religión no deja de ser una condición por la que cada ciudadano es libre de práctica y no podemos prohibir a nadie que la viva como bien le parezca siempre y cuando no afecte al que tenga al lado de una forma directa. Por tanto, si Najwa y su familia, por sus creencias, quieren llevar puesto el hiyab, ¿quienes somos nosotros para obligar a quitárselo? Es lógico que desaparezcan los crucifijos y ornamentos sacros de los centros públicos porque no se debe imponer una creencia a los alumnos, pero el que lo traiga de casa y lo lleve en sí mismo bajo su propio convencimiento es libre y consecuente con lo que hace.
Najwa merece y debería conservar su plaza en su anterior centro. Y aquí el que debe tomar la palabra es el Gobierno o el Ministerio pertinente quienes deben dictaminar si el velo es o no apto para los centros (sean privados o públicos) siempre y cuando la excusa sea que la dignidad de la mujer queda vilipendiada



